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Sobre el ejercicio del periodismo: comprender y actuar

La ciudad puede ser la que elijan, la situación no tiene por qué ser extraordinaria:

A un temporal considerablemente fuerte de viento y lluvias, le sigue un corte de energía eléctrica en la mayor parte de la ciudad. Empleados públicos trabajan para morigerar las consecuencias para las familias más afectadas. Empleados de la empresa privada que provee el servicio de electricidad evalúan los potenciales riesgos, controlan el problema y trabajan para solucionarlo. Pero el suministro no se recupera por horas en algunas zonas. La electricidad no vuelve hasta el otro día en algunos barrios. Ya no llueve, ni hay viento, pero tampoco servicio eléctrico.

Mientras duró la contingencia climática, autoridades municipales eligieron una esquina para enumerar los problemas y reclamos recibidos y enunciar las acciones previstas y ya encaminadas para solucionarlos. Facilitan la tarea de quienes tenemos que transmitir esos hechos. Cubrirlos, mostrarlos. Obtener testimonios. Allí vamos, los tomamos, los emitimos.

Entonces la disyuntiva a algunos se nos plantea: ¿esto es todo? ¿Estamos haciendo bien nuestro trabajo? ¿Quién podría cuestionarlo, y por qué? ¿Quién podría cuestionarnos si además carece todavía de un elemental recurso que además de facilitar necesidades básicas, les impide recibir ese mensaje que hemos producido?

Igual, ¿cabe preguntarnos por qué nos quedamos con eso en vez de hacer nuestro propio recorrido hasta poder concluir someramente en las mismas u otras conclusiones y balances de los daños? Claramente no se podría adjudicar responsabilidad por la inclemencia ni al Estado ni a la empresa, ¿pero acaso si las tareas de mantenimiento, obras de infraestructura y desarrollo tecnológico estuvieran a punto, se podrían minimizar las consecuencias? ¿Si trabajaran con personal propio suficiente, se aceleraría la tarea que subsane esas consecuencias? ¿Si la consideración por los ciudadanos fuera igualitaria, la recuperación del servicio demoraría más en la periferia que en el centro?

Ahora bien, qué posibilidades tiene el comunicador de hacerse estas preguntas, de hacerlas en voz alta. De hacerlas ante quienes asumen las responsabilidades de tener respuestas. Pueden en todo caso hacerse de igual modo en medios donde la concesionaria del servicio eléctrico fuera auspiciante? ¿O donde el Estado pauta regularmente? ¿O donde la tarea periodística se ve condicionada por la sugerencia constante de evitar el pesimismo, y considerar, siempre a criterio individual, que tal vez ciertas preguntas erosionen más la consideración pública de alguna figura, de lo que realmente la lluvia y el viento erosionaron zonas ‘significativas’ de la comunidad?

Los intereses extra-periodísticos que rodean el trabajo de la prensa condicionan la actividad a tal punto de constituir una nueva ética, una falsa ética, una no-ética, que se legitima:

* Ya no nos ocupamos de diferenciar informaciones, de opiniones, de publicidades

* La manera en la que se logran los datos y las informaciones no conserva códigos de honorabilidad

* Las dádivas no solo se aceptan sin reparo, sino que son esperadas, buscadas

* La pluralidad de fuentes y voces es lógica solo cuando no afecta a los poderosos o les permite reversionar los hechos

* La credibilidad no es un valor que nos siga interesando cultivar

Constituidos así, huelga que para lograr la noticia, sigamos priorizando nuestra presencia en el lugar, nuestra observación profunda, la búsqueda con propia iniciativa de lo que subyace a lo evidente, la preocupación por la precisión y hasta la personal comprensión de aquello que vamos a contar. ¿Cuántas veces nos preguntamos si estamos comprendiendo aquello que pretendemos comunicar? Y en esa vorágine artificial se naturaliza que acumulemos hechos de relativo valor periodístico, por lo menos en función de su estricta actualidad, inmediatez, de salir de lo común, de concitar interés en la comunidad. ¿Nos acordamos de todo eso?

A la comunidad, la sociedad; ya la hemos acondicionado a que la información, el entretenimiento, la opinión y la difusión de servicios, no tienen más reglas específicas de elaboración y enunciado. Las fusiones, la hibridación, la mixtura, atraen y maniatan los sentidos en el receptor hasta el engaño.

Y la tecnología facilita cada vez más el acceso a este engaño. Hasta en calidad HD. Pero aquella lluvia a la que echarle la culpa de todos los males, parece no cesar nunca. Ahora es una interferencia que domina el proceso de la comunicación, lo contamina, lo mina.

Igual, no está mal ponernos afuera de este encuadre. Qué bueno para quien pueda hacerlo.

Estaría muy bien también, poder reconocernos dentro muchos otros, porque darnos cuenta de alguna de estas cosas significa que todavía estamos a tiempo. Rodolfo Walsh, quien entregó su vida por estos valores que hoy se degradan y degeneran ante nuestras caras, nos dejó, entre muchas otras armas, aquello de que quien “no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa tendrá lugar en la antología del llanto, pero no en la historia viva de su tierra”. Es un llamado a actuar. A buscar los resquicios por donde sigue siendo posible el ejercicio que nos mantenga vivos y siga dando vida a la verdadera comunicación. La comunicación es acción.

Foto: Sitio “Cosecha Roja”.

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